Salud

De regreso a los pedales

La bicicleta es una opción sana, económica, silenciosa, limpia y sustentable a los problemas contemporáneos de las grandes ciudades. ¿Vamos a dar una vuelta?

por Agustín Marangoni

Las ciudades crecen, los autos avanzan, las calles se colapsan. Parece una ecuación matemática donde un factor es consecuencia del otro, pero no: la lógica funciona como una antilógica. Las ciudades son impredecibles, en las últimas décadas se convirtieron en organismos autónomos que evolucionan sin parámetros fijos, extienden sus calles y autopistas del modo más organizado posible y aún así fallan en su diagramación. El escenario es bastante claro, los autos contaminan, hacen ruido, generan accidentes de tránsito -la primera causa de muerte evitable en el mundo- y sostienen un sistema productivo basado en la explotación de hidrocarburos. Y aunque parezca mentira, ni siquiera son tan rápidos como parece a simple vista, las pruebas son científicas, en los horarios pico un auto avanza por una autopista poco más de 500 metros cada 4 minutos, casi la misma velocidad que un peatón promedio. Y ni hablar de embotellamientos, estrés, costos de mantenimiento o sedentarismo.

En una primera instancia, más o menos a mediados de la década de 1980, se creyó, por ejemplo en España y Estados Unidos, que el problema se solucionaría construyendo más y mejores calles, más autopistas, más rutas, así los autos tendrían espacio suficiente y no confluirían todos en un mismo punto y en el mismo momento. Sin embrago los cálculos fallaron, la mejoría en la infraestructura urbana arrastró un aumento del treinta por ciento en el parque automotor. El resultado: aumento de accidentes de tránsito, aumentos imposibles en el precio de las cocheras, aumento de la contaminación acústica y atmosférica, falta de combustible para el agro, entre otros etcéteras. Es tan paradójica la situación que ciudades como Portland, San Francisco y Milwaukee decidieron demoler autopistas. Y funcionó. No sólo recuperaron cierta tranquilidad en el tránsito, además transformaron los lotes en espacios verdes, lo cual sumó un lugar de esparcimiento, purificó el aire y embelleció el paisaje de las ciudades.

La locura automovilística se expande a lo largo del mundo. Sin ir más lejos, Mar del Plata -ciudad de 616 mil habitantes- duplicó el parque automotor en los últimos 10 años. Según cifras del primer trimestre de 2011, las concesionarias vendieron, en total, un promedio de 15 autos por día. Y la tendencia sigue en ascenso.

Ante semejante problemática, gobiernos de todo el mundo han analizado decenas de opciones, una de ellas es aumentar y mejorar los servicios del transporte público. Suena lógico, con un solo motor se trasladan más de 60 pasajeros en un colectivo de línea, y ni hablar del tren o del subte, que movilizan millones de personas por jornada sin afectar la dinámica de las calles. Sin embrago, se ha comprobado que la solución de raíz está en fomentar el uso de la bicicleta. Básicamente, porque no tiene ni un solo factor en contra, al contrario, desde cualquier punto de vista la bicicleta cumple con todas las necesidades del transporte urbano, además no contamina, es gratis, autosustentable y mejora la salud. En un escenario ideal -sin caer en utopías- el transporte público se planificaría como un complemento para distancias extensas o días de clima adverso.

Otra medida que se ha implementado es la de cobrar un peaje para ingresar a determinados puntos de la ciudad, oficialmente llamado Cargo por congestión. Caso Londres: manejar por el microcentro en un lapso de 7 horas cuesta 8 libras, algo así como 54 pesos argentinos. Fue efectivo, en cuatro años la cantidad de autos en esas zonas se redujo cerca de un 21 por ciento. Lo mejor de esta situación es que comenzó a imponerse culturalmente la lógica de volver a los pedales, y no sólo por el machaque de movimientos ecologistas-medioambientalistas-snobs, sino por imagen de mercado. Grandes marcas automotrices están diseñando modelos de bicicletas propios que caben en el baúl del auto. La idea es ofrecer la opción de manejar hasta el límite de las zonas con peaje y después seguir pedaleando. Minicouper, BMW, Audi, Volkswagen y Maserati se sumaron a esta tendencia bajo el slogan Bienvenido a la era del lujo sostenible. Estudios realizados en los últimos años enfocaron -descubrieron- a una gran masa de clientes de alto poder adquisitivo que entienden los beneficios de la bicicleta y su armonía con el entorno urbano contemporáneo. Los sectores de menores recursos, parte por necesidad, parte por obligación, ya estaban inmersos en esa tendencia.

Hay otros factores que también ingresan en los cálculos, por ejemplo el alquiler de bicicletas públicas. Sólo en Barcelona, de acuerdo con cifras del Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental (CREAL), el sistema redujo doce muertes anuales, en casos directamente relacionados con el tránsito, y evitó la emanación de 9 mil toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera. Son 120 mil los nuevos usuarios del transporte activo, cifra que es proporcional, además, con la disminución del trabajo y el consumo de recursos en los hospitales, tanto públicos como privados. Atención escépticos: no son realidades aisladas, el escenario es casi idéntico a nivel mundial.

En Argentina una bicicleta de buena calidad -hay por menos dinero, eso es claro- cuesta lo mismo que 7 meses de boletos de colectivo en el transporte público para una persona que usa 3 viajes por día en promedio, salvo en Capital Federal, donde el boleto cuesta casi la mitad que en el resto de las ciudades. Para los que manejan autos estándar, es menor al costo de dos meses, sin contar gastos de cochera ni estacionamiento medido ni mantenimiento mecánico de ningún tipo. Una bicicleta de buena calidad presta servicios, normalmente, unos diez años. A veces más.

Mar del Plata es una ciudad óptima para el bicing [cultura ‘bicicletera’ urbana], a excepción de tres zonas geográficamente altas no hay lomas, y el circuito costero es bellísimo: pedalear al borde del mar es un privilegio que pocos lugares en el mundo pueden ofrecer con tanta comodidad. El tiempo que insume moverse en bicicleta en Mar del Plata es el mismo o incluso menor que el del transporte público. Entre que se camina hasta la parada, se espera a que llegue el colectivo y el viaje en sí, salvo en distancias amplias, no hay diferencias. Y aún en distancias amplias, en ningún caso las diferencias superan los 20 minutos. Una relación: 20 minutos es el tiempo que tarda en hervir un kilo de papas cortadas chiquitas, el tiempo promedio que tarda una persona en levantarse, bañarse y cambiarse, el tiempo que se tarda en leer esta nota cuatro veces.

Un consejo a título personal, sí, a usted querido lector, siéntese a pensar en las situaciones en que utiliza el auto innecesariamente, en las tareas que podría hacer en bicicleta. No le pido que sólo piense en costos, sería demasiado a mi favor, piense en la salud (física, anímica y mental, suya y del resto de los ciudadanos), en el cuidado del medioambiente, en el paisaje y en la habitabilidad de la ciudad. No compre una bicicleta todavía, ni arregle la que está tirada por ahí en el garage o en el patio. Pida una prestada, dos o tres días. Haga la prueba y saque sus propias conclusiones.