Reportajes

Soledad Barruti: La Esperanza somos nosotros

Un lujo para la revista. Soledad Barruti es periodista, investigadora y una coherente difusora de la mentira que envuelve a la industria de los alimentos. Y también claro de las buenas alternativas que existen para comer mejor. Imperdible.

Puede parecer que no es para chicos, pero Soledad batalla por recuperar nuestra soberanía alimentaria, porque se nos cuide más, para que aprendamos a mirar de una manera más activa y que seamos partícipes en esto tan vital como es la comida.

La industria alimentaria es uno de los grandes engaños de nuestra época. Apoyada por fuertes campañas publicitarias, nos venden alimentos de pésima calidad. En 2013, luego de una profunda investigación de años, publicó su libro Malcomidos (Ed. Planeta). Un libro donde le quita el velo a la forma en que se producen muchos alimentos. Un sistema donde lo que menos importa son las personas.

“Hay una lógica que se quiere imponer en muchos lugares que es la producción a gran escala, que entiende a los alimentos como mercancías y que recurre a muchísimos insumos, tanto tecnológicos como químicos, que obviamente generan problemas en el campo, en la tierra y en la comida que llega a la casa de todos.”

Desde los años 50 el sistema económico impuso nuevas reglas a la producción de alimentos. La producción intensiva, a gran escala y de una sola variedad comenzó a dominar el escenario. Nuestro país es un claro y triste ejemplo de eso, dominado por el monocultivo de la soja transgénica, que en muchos países tomados como modelos, está prohibida. Un solo mundo en el peor sentido: el mercado, o sea las corporaciones que manejan la economía a nivel global, busca que todos consumamos lo mismo, sea comidas, alimentos, cosméticos, ropa…

La globalización mal entendida en lo que respecta a la comida es hacerla muy barata, de peor calidad, que llena pero no nutre, y que impone una idea de  alimentación que es totalmente ajena a la cultura, a la tradición alimentaria de los lugares. Y arrasa como una aplanadora por encima de muchas personas y lugares. Es el caso en nuestro país de la soja, el maíz transgénico y del algodón.

Dicen que es la única forma de producción posible….

Sí, niegan otras formas de producción que existen y son exitosas. Muchos especialistas han analizado y comparado este modelo transgénico, lleno de plaguicidas y venenos, con una más sustentable con el medio y las personas. Y los resultados dicen que no sólo es más efectiva al momento de producir alimentos en cuanto a rentabilidad, sino que también produce más calorías por metro cuadrado, es mucho mejor con el cuidado de los suelos, generando más fertilidad, más diversidad no sólo a nivel de alimentos sino en cuanto a especies naturales. Y no que arrase con todo como es la agricultura industrial.

¿Hay referentes para ver de qué manera se hacen bien las cosas?

Hay muchos lugares, incluyendo nuestro país, donde la agroecología funciona y donde la agricultura orgánica muestra que los rindes son mejores inclusive que  a gran escala. Y hay países, generalmente más pequeños que el mío, que tienen un modelo más respetuoso con las personas y el medio ambiente. El nuestro es un país muy extenso y la tierra está ocupada por muy pocas personas, que hacen uso de la tierra sin pensar en el bien común que tienen, que es la tierra.

¿Qué pasa en los países más pequeños?

Tienen un manejo de la tierra más igualitario. Con un esquema de distribución de los recursos que hace que las personas puedan acceder a los frutos de la tierra. Europa, por ejemplo, tiene muchos más campesinos medianos y pequeños que dan de comer al país, que en nuestro país. Acá es el pequeño minifundista explotado por la gran empresa. Es muy compleja la situación.

Si pudiéramos crear ahora, desde cero, un mundo nuevo: ¿cómo debería ser la producción de los alimentos?

Es complicado. Porque el principal problema que tenemos es la forma de concebir la agricultura. Hoy es pensada como un negocio a gran escala, donde se apunta al monocultivo.  Lo deseable sería que se cultive en pequeños lugares diversificados y que tome las formas que toma la naturaleza como una guía y no como una limitación. Hoy la agricultura plantea una guerra contra la naturaleza. Volver a aprender de los que saben, que hay mucho conocimiento.  Cambiar también la escala de cómo se distribuyen los alimentos.  Desarticular los mercados centrales y los grandes supermercados. Deshacer las ciudades de tanto cemento con más espacios verdes y pulmones de producción.  Como fue siempre en nuestra historia.

Hay como una disociación entre el campo y las ciudades.

Totalmente, hoy son dos mundos opuestos. Tenemos a los campos despoblados, explotados al máximo en su fertilidad, manejados cada vez por menos personas, custodiados por drones y satélites, y por otro lado las ciudades llenas de gente hacinada, que no saben bien qué hacer, recibiendo comida cada vez de peor calidad y viviendo cada vez más lejos de un bienestar.

Y nosotros como consumidores, ¿qué sería lo esperable que hagamos?

En principio dejar de pensarnos como consumidores nada más y volver a vernos como personas. Porque como consumidores nos deja en un lugar muy difícil. Primero quién tiene el dinero y recurso para elegir, qué opciones hay para elegir… Me parece que lo que hay que cambiar es el sistema que no funciona. Tenemos que modificar las formas de ver las cosas, unirnos, plantear problemas y posibles soluciones más comunitarias. Y elevarlo como una necesidad a nuestros gobernantes, que no lo tienen en agenda.

¿Los cambios que se dieron en ciertos países que rechazaron a los transgénicos fueron porque las sociedades se movilizaron?

No, porque son países más proteccionistas. Europa tiene muchos más años que nosotros y han padecido las consecuencias de malos manejos de los recursos. Tienen mares muy contaminados y las consecuencias las pagan por años y años. Entonces van a pensar las cosas dos veces, para no cometer los errores del pasado. Y también porque tienen una cultura alimentaria mucho más fuerte, más sólida, más respetada. 

No todo es malo. Hay esperanzas. Pequeñas islas de resistencia que nos muestran que se puede vivir distinto. Es animarse, ver las cosas como son y comenzar el cambio. Más allá de esperar de un Estado que nos cuide, una frase se desliza al otro lado de la línea, a modo casi de despedida: La esperanza está en nosotros.

+ Soledad Barruti: Facebook: Malcomidos.

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