Cuentos

Una visita al doctor de monstruos, de Pablo Alaguibe

Una visita al doctor de monstruos

 Una vez, un monstruo azulinegro fue a ver al doctor de monstruos. Entró al consultorio caminando despacio y mirando de reojo a los costados.

—Amigo, ¿otra vez por acá? —le dijo el médico—. ¿Qué le anda pasando ahora?

—Ehhh, no sé —dijo el monstruo azulinegro—, creo que es lo de siempre. Desde el domingo estoy sintiendo algo muy extraño. Como que... no me duele nada.

—Bueno, a ver, y digamé... ¿no le duele dónde?

—Bueno, no me duele el codo, ni la panza, ni las narices ni el ojo.

—Pero qué cosa, otra vez, ¿y cómo está haciendo para trabajar así?

—No, nada. No voy a trabajar. No puedo. No me duele nada. ¿Cómo hago para gritar? ¿Cómo hago para poner caras horribles? El otro día intenté vomitar y me salió un cantito de benteveo.

—Mmmm, a ver, abra bien la boca y saque la lengua.

—¿Cuál?

—La del medio. Diga “aaaaaaaaaahhhh”.

—AAAAAHHHHHH.

—Bueno, no, tome su lengua, guárdela, eso no es. Y digamé... ¿qué ha estado comiendo últimamente?

—No, nada... bueno el domingo me comí un cactus y después un calzoncillo que me encontré en la vía.

—Mmmm, ¿pero nada más? ¿Seguro que no comió alguna porquería?

—No, bueno... también me comí unos buñuelos de brócoli...

—¡Ah..!

—... y unos pancitos con mermela... da... pero eran chiquitos...

—Pero no, m’ijo, cómo hace eso ¿Y mermelada de qué, de babosa o de araña?

—No, de membrillo...

—Ah, bueno, pero usted es un irresponsable! ¡Un desobediente! ¡Usted a mí me hace perder el tiempo! Anda comiendo porquerías y después quiere que lo ayude. Mire, caballero, pacientes como usted yo no atiendo. Si usted se porta bien, si usted me promete... pero no, mire, ¿sabe qué? me cansó. ¡VÁYASE YA MISMO DE ACÁ SI NO QUIERE QUE LO SAQUE DE UNA PATADA EN EL VENTILETE...!

El monstruo azulinegro salió con los hombros caídos. Tan caídos que la secretaria los juntó, se los puso así nomás y le abrió la puerta. Y él se alejó, rosado de vergüenza, y caminó hacia su casa sin saber qué pensar. Se sentía tan bien que sus garras se ablandaron, su mal olor no se sentía, su boca hasta pareció formar una sonrisa tranquila. Había empeorado tanto que en la calle nadie quería pasarle cerca. —¡Qué espanto! —pensaban todos—, ¿qué le habrá pasado? ¡Ya más que un monstruo, parece un ser humano!

El Rey de los Monstruos, de Pablo Alaguibe