Cuentos

Sirenas  

 De Mónica E. López

Aquel día era el cumpleaños de nuestra madre y ya teníamos listos los collares de corales y anémonas para el festejo. Mis hermanas y yo habíamos preparado también las canciones de la sirena alada. Canciones que vienen desde siglos atrás y solo sirven para nuestras fiestas, canciones que ningún marinero escuchó ni escuchará jamás.

Los arrecifes reflejaban el sol y solo faltaba la llegada de nuestra abuela desde el otro extremo de la isla. Esperábamos la torta decorada con huesitos de náufragos que tanto nos gustaba.

Mi hermana la avistó desde lo alto de las rocas:

-¡Ahí viene la abuela!- dijo Forcis con su voz de arco iris.

Nos acercamos para verla llegar, nos encantaba ver su cabellera roja que flotaba como un manto de reina y su cola de escamas azules que se hundía y ondeaba tan bella que me daba escalofríos.

Es verdad, ya está un poco vieja pero me parecía igual la más grande de todas las sirenas que conocía y que no eran muchas, es verdad, apenas mi madre, mis seis hermanas y yo. Cuando se apoyó en un risco y dejó su alforja de redes en el suelo, lanzó un resoplido:

-Me he olvidado la torta. Traje los erizos, las luciérnagas y me olvidé lo más importante. Qué apenada me siento. Hija mía, discúlpame. No sabes qué hermosa me había salido.

-Mamá- dijo mi mamá a su mamá- no te preocupes, ya lo solucionaremos creo que podríamos…

-Hice el velero de los hombres rubios, ¿recuerdas? Eras pequeña aún pero fue la primera vez que cantamos juntas.

Mi madre pensó que era una buena idea que fuera yo quien vaya a buscar la torta pues “ya era hora de que visitase por primera vez sola la otra parte de la isla”.

Todas estuvieron de acuerdo y después de indicarme la gran roca rosada donde se había olvidado la torta, me acompañaron y me despidieron:

-Rápido, Gea, rápido.

El mar agitado, mi cola de escamas brillantes y mi pelo se entreveraron como amigos, pero yo tenía miedo. Era extraño ondear sola para llegar a los riscos del otro lado, pero era tiempo me dijeron y yo lo quería creer.

De repente, escuché una voz que llegaba desde la orilla:

-Tú, ¿me puedes decir dónde estamos?

Me detuve. Quien me hablaba era un náufrago muy joven desesperado y fuerte, inexplicablemente vivo. Rápidamente mis pensamientos tomaron otro rumbo. Hundí mi cola y ese día, en ese instante, fue la primera vez en toda mi vida que no tuve la menor idea de lo que tenía que hacer.

-No puedo detenerme, debo continuar- le dije.

Mientras me deslizaba lenta él me acompañaba desde la orilla y me pedía ayuda.

-Llevo muchos días sin saber cómo salir de aquí, por favor, dime cómo has llegado.

Mi cabeza, mis manos, mi larga cabellera querían quedarse y ayudarlo. Mi cola escamada luchaba por aletear en la superficie y me ordenaba que le cante la canción fatal.

Entonces, recordé el encargo de mi madre, rápido Gea, rápido.

Me sumergí y con mis branquias soporté y soporté por debajo del agua hasta que no pude más y por fin saqué mi cabeza del agua. Nadie se veía. Ya estaba cerca de las rocas rosadas de mi abuela. Triste y confundida, fui a buscar la torta. Una torta que antes me hubiese parecido bella.

La cargué con unas redes, recogí también unos maderos y emprendí el regreso.

Me resultó muy difícil arrastrar los leños y después de un breve trecho tuve que soltarlos a la deriva. Cuando llegaba al lugar donde había visto a aquel náufrago y una pena desconocida crecía y crecía, recordé.

Recordé que las sirenas podemos otorgar deseos. Solo una vez. Solo si el cuerpo de pez y el cuerpo terrenal se confunden, se enredan, pierden el norte. Me lo había contado mi abuela. Y en aquel momento entonces sí, supe qué hacer. Avancé.

Él, inmóvil aún esperaba en la orilla. Desde lejos le dije:

-Qué quieres hacer, dónde quieres ir.

Y él tras una lenta reacción, contestó impaciente:

-Quiero volver a la cabaña de mis abuelos.

Me di cuenta de que no había sortilegio, que nada me había dicho mi abuela acerca de una palabra, de un gesto que tuviera el poder. Pero ese hombre que aún no había terminado de crecer,  con un rostro que me resultaba cercano, me hizo brotar una frase que aún hoy es un secreto y una pregunta:

-Así será, no puedo ir contigo pero te acompañaré.

 

Y entonces el muchacho desapareció y yo me zambullí en el terso mar para seguir costeando la isla hacia mi destino.