Cuentos

Las aventuras tranquilas del Príncipe Oliverio

Autor: Pablo Alaguibe

Ese día, un día de calor mortífero, un día en que el sol ardía de furia por esa cosa nerviosa que le agarra en los veranos, era el día de la gran batalla. El día del ataque de todos los tiempos. Pocos lo sabían, pero esa tarde, más o menos a las cinco y media, se desataría el combate final entre los dragozones cornudos invisibles y los atragantadores de helado envenenado.

El Príncipe Oliverio, que en ese tiempo era todavía muy pequeño, dormía la siesta en un sillón, mientras los dos ejércitos enemigos dibujaban mapas en la arena, ensayaban cantitos de burla y trataban de inventar palabrotas que rimaran con el nombre del otro.

Los atragantadores de helado envenenado son los seres más perversos que existen. Andan por las calles vacías, en bicicletas oxidadas y ruidosas, anunciando: “HELADO ENVENENADO…! HELADO ENVENENADO...!” Y el que les compra, queda envenenado. Si los come, claro. Y encima se atraganta y tose. Son helados horribles. Para colmo tienen sólo tres gustos: sal fina, moscardón y chancho con fiebre.

Los dragozones cornudos invisibles, en cambio, no es que sean malos. Es que cargan con la maldición de una bondad desubicada. Cada vez que un edificio amanece aplastado, por ejemplo, seguro que fue un dragozón cornudo que quiso acariciar a un pajarito de la antena. Son así. Insoportables y catastróficos. Y están en guerra con los atragantadores de helado envenenado desde hace miles de años. ¿Por qué? Porque se odian. ¿Y por qué ninguno ha podido ganar? Porque todos tenemos debilidades. En este caso, unos y otros tienen una debilidad secreta. Los atragantadores se hacen pis de miedo cuando ven que alguien señala al cielo con la mano. No se sabe por qué. Debe ser por algún motivo perdido en la historia de sus maldades. A los dragozones, por su parte, les da colitis cuando escuchan la palabra ÑA.

Ese día, mientras el Príncipe Oliverio soñaba con un mundo azul y anaranjado, el mayor ejército de dragozones cornudos jamás reunido avanzó invisiblemente por los desiertos del sur, y antes de atacar, se detuvo a tomar la leche en las cercanías de la casita blanca.

Por las praderas del norte, mientras tanto, se acercaba la Legión Universal de Todos los Venenos. Cruzaron con sus bicicletas el último baldío y se detuvieron a atarse estratégicamente los cordones, muy cerca también de la casita blanca.

De pronto se oyó un trueno. Se formó una típica tormenta de verano, y los enemigos, que no habían llevado paraguas, entendieron que debían apurarse. Guardaron sus tacitas, se subieron a sus bicicletas y atacaron.

La tierra tembló, el aire se llenó de polvo. Una nube de odio y gritos y pelos parados y tenedores de punta estaba a punto de estrellarse contra un huracán de rabia y uñas y palabras escupidas y dientes para afuera, cuando se dieron cuenta de que en el medio estaba la casita. Los que iban adelante frenaron sin aviso, aguantando a los que venían atrás. Y todos los que pudieron se asomaron a las ventanas para ver qué había en la casa. Por la ventana del norte, dieciséis atragantadores nerviosos y empolvados metiendo sus narices horribles. Por la ventana del sur, tres dragozones cornudos y medio. Y entonces vieron lo que vieron: el Príncipe Oliverio, cansado de dormir del mismo lado, decidió darse vuelta. Levantó un brazo y empezó a girar el cuerpo. Y justo cuando la mano apuntó al cielo, bostezó: ÑÁÁááaaa...!

Los cornudos no lograban sacar la cabeza todos juntos. Los atragantadores se mojaron las zapatillas. Los ejércitos corrieron en retirada, dejando en el camino sus bicicletas, sus mocos, sus pelos, sus planes y sus tacitas recién lavadas.

No han vuelto a intentar una guerra como esa. Y el Príncipe Oliverio logró así otra victoria de la que nunca habla, porque es modesto, y también porque mucho no se acuerda. Tranquila bravura la del Príncipe: ¡había nacido la semana anterior, y ya estaba salvando al mundo!