Cuentos

La planta más rara de María Cecilia Moscovich

En el patio de Doña Lucía hay todo tipo de plantas. Doña 
Lucía anda todo el día plantando y transplantando gajitos, raíces, 
bulbos, semillas, almácigos. Cuanto más se parece el patio a 
una selva, más le gusta a doña Lucía. 
Los chicos del barrio quieren visitarlo todo el tiempo: hay 
plantas de nísperos, naranjas, limón, uva, tomates. Hay burrito, 
menta, peperina y demás yuyos que se usan para las infusiones. 
Jazmines comunes y del Paraguay. 
Un día, Gabriel, el más petiso de los nietos de don Ángel, le 
trajo a doña Lucía unas semillas alargaditas, medio rosadas, parecidas 
a las del melón. 
Son de maracuyá, las trajo mi tío de Brasil, para que las 
plantemos en su patio. 
A doña Lucía le gustó eso de plantar frutas exóticas y tropicales, 
de esa forma su patio se parecería cada vez más a una selva. 
Hicieron un pocito en la tierra mullida, entre los lirios y la 
palta, y allí echaron a dormir las semillas. Las cubrieron con un 
montoncito de tierra negra y esponjosa. 
Bueno, ahora a esperar. Por lo general, las plantitas asoman 
al cabo de una semana o un poquito más. 
Doña Lucía espiaba el montoncito de tierra cada vez que iba 
al fondo a buscar peperina para el mate. Pero ¡nada!; las semillas 
de maracuyá eran más bien perezosas, porque ya iban pasando 
los quince días y ni un bracito verde asomaba. 
¿Y el maracuyá, doña Lucía? le preguntaban Gabriel y 
los otros chicos. 
Aún no sale, aún no sale… 
Hasta que un día salió. Era un brotecito pálido y larguirucho. 
Pasaron las semanas y la planta se puso cada vez más grande. 
Pero en vez de ir tomando forma de planta trepadora, como la 
del maracuyá, iba tomando forma de arbusto. 
¡Qué cosa más rara! murmuraba para sí doña Lucía 
que yo sepa... el maracuyá no es un arbusto. 
Las semanas siguieron pasando y a la planta le salieron hojas 
enormes como las de la calabaza, redondas como sombreros. 
¡Qué cosa más rara! farfullaba para sí doña Lucía que 
yo sepa las hojas del maracuyá tienen puntas alargaditas. 
Pero la mayor sorpresa fue cuando empezó a formarse el 
fruto. En vez del fruto ovalado y amarillo del maracuyá, lo que 
surgía entre las hojas era como una chaucha con textura de esponja, 
y con un poco amarillo, un poco verde y otro poco azul. 
Doña Lucía conocía mucho de plantas, pero nunca había visto 
una cosa como aquella. 
Será mejor llamar al tío de Gabriel se dijo en voz alta 
doña Lucía, que además de hablarles a las plantas, tenía la costumbre 
de hablar sola no vaya a ser que en Brasil le dieran 
semillas de otra cosa. 
El tío que venía de Brasil tenía la punta de los bigotes terminadas 
en firuletes. 
Examinó con curiosidad la planta, y finalmente dictaminó: 
Es cierto que no se parece a las plantas de maracuyá comunes, 
pero sin duda ha de tratarse de una especie diferente de 
maracuyá. La señora que me las dio es una señora respetable 
que también me vendió semillas de bignonia, y hasta ahora la 
bignonia tiene cara de bignonia y nada más. 
Evidentemente el tío que venía de Brasil no quería admitir 
que le habían vendido gato por liebre, porque doña Lucía 
estaba segurísima de que eso no era un maracuyá, ni acá, ni 
en Brasil ni en la China (aunque no estaba segura de que en la 
China tuvieran maracuyá). 
El asunto es que la planta seguía creciendo, feliz y contenta, 
ajena a tantos cabildeos acerca de su identidad. Cada día le salían 
nuevos rulos, nuevos firuletes, nuevas hojas como sombreros, y 
más de esos frutos alargados como chauchas y que hacían acordar 
a las esponjas. 
El rumor sobre la planta misteriosa ya se había desparramado 
por todo el barrio. Estaban los que opinaban que la planta era 
sin duda maracuyá, porque el tío de Gabriel era hombre de palabra 
y nada fácil de engañar tampoco; y estaban los que opinaban 
que hasta podía ser una planta desconocida por el ser humano. 
El asunto es que la planta de doña Lucía estaba en boca de todos 
los vecinos, en todas las veredas, en todas las rondas de mate. 
El presidente de la vecinal, entonces, se acercó un día: 
Mire, doña Lucía, me parece que ha llegado el momento 
de probar la fruta, ¿no le parece? El barrio ya está ansioso. 
A doña Lucía le pareció bien. 
Me parece que podríamos invitar a todos los vecinos a degustar 
la fruta, ¿no le parece? Así nos sacamos bien las dudas. 
A doña Lucía le pareció un poco exagerado, pero por otro 
lado, le pareció linda la idea de poder recibir a todos sus vecinos 
en su hermoso patio. 
El día y a la hora acordados, los vecinos del barrio estaban 
con sus mejores prendas haciendo fila frente a lo de doña Lucía 
para degustar la planta. 
Uno a uno iban pasando; mientras tanto, los chicos del barrio 
ofrecían limonadas y abanicos porque ese día hacía bastante calor. 
Doña Lucía había mandado poner varios tablones y sillas en 
el patio para que los vecinos se sentaran tranquilos a hacer la 
degustación. 
Para mí que es injerto de salame con calabaza decía un 
viejito con sombrero de paja, y se fue rapidito a buscar un quesito 
y un vermouth, para acompañarlo. 
Para mí que es mezcla de berenjena con esponja consideraba 
una señora muy amante de la limpieza. 
¡Para mí tiene gusto a melón! anunció Anacleta, y se fue 
corriendo a buscar las lonjas de jamón crudo con las que tanto 
le gustaba acompañar esa fruta. 
Debe ser injerto de maracuyá con salame opinaba el tío 
de Gabriel, que insistía en que eso tenía al menos algo de maracuyá. 
Mmm… para mí que de acá se puede hacer un rico jugo 
opinó don Sidonio, y ahí nomás lo mandó al nieto más rápido 
a buscar la juguera. 
La tarde fue pasando y los vecinos seguían opinando y conversando; 
fue llegando el vermouth, el jamón, el pan para 
acompañar, el jugo… Y al fin y al cabo: ¿Qué importancia tiene 
cómo se llame una planta? Mientras sirva para juntar a todos 
los vecinos...

 

El libro pertenece a El cerdo Rosendo y otros cuentos. De editorial Uranito. 

 

El cerdo Rosendo y otros cuentos de editorial Uranito