Cuentos

Historia de amor en blanco y negro

Txt: Mariela Kogan. Ilustraciones: Verónica Delacroix.

El león se miró al espejo para peinarse la melena como todas las mañanas, pero ese día algo raro pasó: se vio en blanco y negro.

Este espejo ya no funciona –pensó. Pero miró mejor y vio que el pasto que pisaban sus patas se veía verde, bien verde. Y el cielo sobre su cabeza era celeste, celeste cielo. Entonces volvió a mirarse, y él, era blanco y negro.

–¡Ay! ¡Algo me pasa! –gritó desesperado y corrió a toda velocidad a ver a un médico.

Después de revisarle las orejas, las patas, la panza y la nariz, el médico sacó de su armario un frasco lleno de pastillas de colores.

Te hacen falta vitaminas –dijo–. Tomalas todas y vas a ver que antes del mediodía estás curado.

El león volvió corriendo a su casa, tomó las pastillas, esperó hasta el mediodía, se volvió a mirar al espejo, y nada. Seguía tan en blanco y negro como antes.

Desilusionado, corrió a toda velocidad hasta una tienda de reparación de televisores y le dijo al señor que atendía si por favor podía arreglarlo.

Después de revisarle el ombligo, la melena, atrás de las orejas y adentro de los ojos, el señor dijo: Es evidente que se trata de un problema de antena.

Buscó un rato adentro de un cajón y sacó una pequeña antena de metal que acomodó en la melena del león.

Movela para todos lados hasta que te captes en colores –le dijo y siguió arreglando un televisor muy  grande que había sobre el mostrador.

El león corrió a toda velocidad para su casa, se acomodó frente al espejo y mientras se miraba se puso a mover la antena para todos lados. La movió un poco para la derecha y se vio lleno de rayas blancas y negras, la movió un poco para la izquierda y apareció hecho una lluvia de puntitos, también en blanco y negro. Pero de colores, colores, nada.

Nervioso, volvió a salir corriendo a toda velocidad hasta el taller de un pintor y le pidió que por favor lo pintara con los colores que siempre había tenido. 

–Como no –le respondió el pintor, y buscó la paleta y los pinceles, y trabajó hasta dejarlo hecho una pinturita.

Contento, con el cuerpo marrón clarito y una exultante melena marrón oscuro, el león caminó de regreso a su casa. Pero en el camino lo sorprendió una lluvia torrencial, y las gotas de agua le lavaron los colores. Al llegar a su casa a mirarse en el espejo ya estaba otra vez en blanco y negro.

Triste y cansado, el león se echó a dormir una siesta.

Cuando despertó tenía hambre. Con el asunto de recuperar sus colores no había comido nada en todo el día. Entonces salió a cazar.

Afiló el olfato, afiló la vista, y a lo lejos la divisó. Era ella, su presa favorita: una cebra.

Empezó a acercarse sigilosamente a la cebra con la intención de pegarle un gran mordisco, pero se sorprendió al notar que cuanto más se acercaba, más fuerte le latía el corazón.

–Qué curioso –pensó el león– nunca antes había notado lo bonita que era la cebra.

Se detuvo a mirarla mejor. Era hermosa. No podía comerla, era tan preciosa, muy preciosa con sus rayas tan… tan blancas y negras.

Mareado y lleno de cosquillas en la panza, el león volvió a su casa sin saber qué hacer. Esa noche no logró dormir pensando en la cebra, y a la mañana siguiente decidió escribirle una carta:

 

Mi mente está en blanco, y mi corazón es un agujero negro. Solo puedo pensar en ti, mi helado de vainilla y chocolate. ¿Te encontrarías conmigo esta noche junto al río?

 

Cuando la cebra recibió la carta, brilló una luz en su corazón.

–¡Ay! ¿Quien será el apuesto galán que me escribe cosas tan románticas? –suspiró y esperó ansiosa el momento de la cita.

Llegó la hora. La cebra fue hasta el lugar acordado. Era una noche sin luna, bien negra. Cantaban los grillos al ritmo de blancas, negras y corcheas.

Cuando el león apareció, la cebra se puso pálida.

–No te asustes mi tablerito de ajedrez –dijo el león– no voy a lastimarte, ¡estoy muerto de amor por vos!

La cebra no podía creer lo que veía. ¿Ese era su galán? ¿Un león? No podía ser… Pero lo cierto era que ese león se veía tan distinto, y tan hermoso, con esa melena… en blanco y negro.

–Te invito a dar un paseo, mi blanca palomita –propuso el león. Y la cebra no lo dudó: –Vamos mi negro candombero– respondió.

Y se fueron juntos a caminaron por la orilla del lago. Vieron garzas blancas y cisnes de cuello negro. Después pasearon por el bosque, y se emocionaron con el vuelo de una mariposa negra. Ella le contó el cuento de Blancanieves, y él le contó chistes de humor negro.

La noche se les pasó volando y antes del amanecer, el león tomó la pata de la cebra y mirándola a los ojos le preguntó: –¿Te querés casar conmigo?

            La cebra aceptó gustosa y para festejar fueron a desayunar con leche y tortitas negras.

Al día siguiente se celebró la boda. El león se vistió con un smoking negro y la cebra con un precioso vestido blanco. La fiesta fue divertidísima, hubo mucho vino tinto y vino blanco, y cuando terminó, los novios se fueron a disfrutar de una extensa luna de miel por todo el mundo. Se bañaron en el mar Negro, visitaron la casa Blanca, vieron el teatro negro de Praga y pasaron a visitar a unos parientes en Bahía Blanca.

Desde entonces el león y la cebra nunca más se separaron. Y aunque en sus vidas hubo horas en blanco y alguna que otra tarde negra, fueron por siempre felices.