Cuentos

El secreto de la zapatería Tornasol

Autor: De Pablo Alaguibe

Cuando yo era chico vivía en un barrio lleno de misterios.

¿Cuántos años tiene la directora de la escuela?

¿De qué trabaja el hombre de bigotes que está siempre en la puerta de su casa?

¿Dónde vive la nena rubia que pasa todas las tardes a las seis menos diez?

Pero lo que más curiosidad me daba era el asunto de los zapatos Tornasol.

La zapatería Tornasol quedaba a la vuelta de mi casa, en la misma manzana. Era un local chiquito y oscuro, fresco en verano y abrigado en los inviernos. Lo atendía un señor pelado y flaco, con anteojos grandes y cara un poco de conejo.

Nosotros íbamos siempre. Comprábamos zapatos casi todas las semanas. Es que los zapatos Tornasol duraban poco. Eran hermosos, grandes, coloridos. Tenían algo de zapatilla, y algo de bota para el agua. Principalmente eran celestes, con partes blancas y rojas y esmeralda. Pero lo mejor eran los cordones: terminaban en bolitas de madera azul. Las suelas eran blandas y olían a melón, y tal vez a banana. Un solo modelo. Todas las medidas, pero todos iguales. Y estaba eso: duraban más o menos dos semanas. Después cambiaban de color, iban quedando secos. Y al final se desarmaban. ¿Y por qué la gente entonces los compraba? Porque eran increíblemente baratos. Costaban igual que un kilo de naranjas. Y así como nosotros podíamos comprar naranjas cada tanto, también podíamos comprar esos zapatos. Además, el estilo nos gustaba.

-¿Por qué sólo un modelo?, ¿por qué se rompen?, ¿cómo pueden costar tan poca plata?, -preguntaba la gente algunas veces. El zapatero sonreía, y no decía nada.

Usé de esos zapatos hasta mis tiempos de escuela secundaria. Entonces pasó un día lo que muchas veces pasa. El local amaneció cerrado. Los vecinos se miraban. Algunos comenzaron a correr la noticia: "Al zapatero lo han llevado al hospital". Y después, el zapatero ya no estaba.

Fue raro ese tiempo. Yo no estaba acostumbrado a usar botines. Ni zapatillas ni sandalias. Tuve que aprender a caminar con mocasines. No me gustaban.

Una tarde de agosto mis tíos trajeron novedades. Habían comprado el viejo local de la zapatería, ya vacío. Allí pensaban construir su nueva casa. Era una tarde de viernes, tibia y perfumada. En aquellos tiempos, agosto era el comienzo de la primavera.

Y esa misma noche decidí intentar una aventura. Iba a saltar el muro de los fondos. Iba a entrar al terreno de atrás de la zapatería, cruzando el corazón de la manzana.

Me quedé dormido a las ocho de la noche, como siempre. Pero me desperté de madrugada. Me abrigué y salí al jardín del fondo. Trepé la medianera (nuestros fondos se tocaban). El muro era muy alto, pero había escalera. Del otro lado el terreno era más alto. Pude bajar saltando entre las plantas. Ya casi amanecía. Entonces descubrí lo que nadie imaginaba.

En el fondo de la zapatería había una huerta. Y en el medio de la huerta, ahora descuidada, un solo árbol. Crecían en él zapatos de todos los tamaños. Los más pequeños brotaban de las puntas de sus ramas.

Volví a la cama y me acosté agitado. Prendí la luz y traté de dibujar el árbol. Después, cuando era ya de día, me quedé dormido. Y desperté con el ruido de las máquinas.

Mi tío estaba feliz, desayunando en casa:

- Ya estamos demoliendo para empezar a construir.

- ¿Demoliendo qué?

- La zapatería.

-¿Y el árbol?

-¿Qué árbol?

Mi tío no entendía nada.

Todo era escombro, por supuesto. Un camión salía cargado de madera, piedra, polvo, ramas.

Después hubo una casa. En la que estuve de visita muchas veces.

En el fondo hicieron un patio.

Del árbol, nada.

Un patio con pileta. Nunca quise usarla.

Se terminaron los zapatos Tornasol.

Pero no tanto.

Porque ahora, años después, hay una chica que los vende. Ordenados por talle en una mesa. Cada mañana de sábado, en la feria de la plaza.

-¿Tenés mi talle?, -pregunté. Yo calzo 39.

-39 no tengo ahora,- contestó. En casa tengo un... digamos 37, pero si les damos unos días... vení la próxima semana.

La miré.

-Vos tenés un árbol de zapatos. Decime la verdad. ¿Cómo lo hiciste?

La chica sonreía y me miraba. Al fin me contestó:

- Bueno… digamos que sí. Que tengo mi árbol. Pero vos… si alguna vez tuviste estos zapatos… también podrías tener tu árbol. ¿Sabés por qué nadie lo tiene? Porque la gente no presta atención a nada.

Me fui pensando en eso.

¿Prestar atención a qué? Un árbol no crece con prestar atención.

Y seguí pensando en eso hasta que mi tío me llamó. Necesitaba ayuda para ordenar su casa.

-Ahí en el sótano tenemos demasiadas cosas, me indicó. -Incluso hay cosas que quedaron de la gente que vivía antes acá.

Mi corazón se agitó. Mi tío siguió diciendo:

-Herramientas y cosas de la huerta que tenían. Hasta frascos con semillas, no sé, de calabaza.

Y ahí, sobre el estante, lo encontré. Un frasco y una cinta pegada sobre el vidrio. Decía “semillas”. Y estaba lleno de bolitas de madera azul.

Un par de semillas en cada cordón de zapato. Lo entendí.

Pero igual volví a la feria al cumplirse la semana. La chica me esperaba.

-Aquí están tus 39, ¿todo bien?

Le mostré mi frasco de semillas. Abrió los ojos.

-Sí, todo bien, -le contesté. -¿Cuánto te debo?

Ella parecía divertida.

-No sé. Lo mismo que podrías pagar por un kilo de naranjas.

La chica tenía una sonrisa tornasol. Algo de conejo había en su cara.