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Cuentos para compartir: Los Vuelos de Sartorio

EL VUELO DE SARTORIO

La princesa Macrena iba con su gato Sartorio a todos lados. No lo dejaba ni a sol ni a sombra. Quería ver el secreto. Estaba segura de que en algún momento se develaría y ella estaría presente. Y todo eso porque Sartorio era un gato encantado. Lo había dicho su padre el día que Sartorio llegó al castillo como ofrenda del rey Petronius a la heredera del reino de Teriel – o sea Macrena -. El rey, su padre, al momento exclamó “no podía estar más encantado”. Y si el gato no podía estar más encantado, Macrena estaría presente cuando demostrara sus dotes.

Por eso ante el placer de sus reales padres, Macrena llevaba al gato a la mesa real a comer los majares – por supuesto – reales. Y lo llevaba con ella cuando iba a dormir una siesta majestuosa. Y lo tenía bajo sus pies cuando la cocinera le preparaba unas soberanas tostadas. Y por supuesto, con los más lamentables maullidos lo metía junto con ella en la bañadera de plata a la hora de bañarse.

Pero Sartorio… ¡nada!, aunque Macrena le clavara esa mirada inquisidora. Y cuando el micifuz se lamía las patas, no daba ni una señal sobrenatural.

A veces la princesa se descuidaba pensando en las maravillas que le podrían pasar teniendo un gato encantado. Quizás un gato mágico podría hacer caer estrellas sobre su cama cuando se ponía patas para arriba, o podría teñir todo el reino de blanco cuando salpicaba la leche con su lengua rosada, o simplemente podría estirar su cola tan larga para enlazar a los corceles pintos que a ella tanto le gustaban y que su padre no le dejaría montar hasta que tuviera “la edad suficiente”. Pero al volver a la realidad, la princesa se sentía desilusionada. El minino estaba simplemente durmiendo.

Por eso aquella tarde se decidió. Observó el panorama: los padres reposaban tomados de la mano en los jardines, su nodriza había ido a “calmar la sed con un poco de agua fresca”, el resto de los sirvientes descansaban en las galerías de los trajines de la mañana. Y así, con todo el mundo distraído, supuso que era el momento. Si Sartorio estaba encantado y no quería demostrárselo, ella lo obligaría.

Cuando sacó al gato de su siesta, el animal la miró con cara de pregunta. Cuando ambos se acercaron a la ventana, el animal la miró con cara de “quiero que me sequen al sol” y cuando Macrena exclamó “¡A volar, mi gato encantado!”, en lugar de mirarla, el bicho sacó las garras para contar cuántas vidas le quedaban.

Por suerte para el animal, cuando llegó a la tercera y se dio cuenta de que no sabía contar más, la rama del olmo más flexible detuvo la caída y, como un inmenso trampolín, lo impulsó a través del cielo recorriendo una impecable órbita que le hizo a la princesa gritar de júbilo: “¡Vuela, Sartorio vuela!”.

Reyes, criados, doncellas y nodriza acudieron a la habitación de la princesa alertados por los gritos. Trataron de calmarla, pero no pudieron entender del todo lo que decía, ya que la emoción le hacía balbucear “Encantado, Sartorio está encantado”.

“Tan encantado no está”, exclamó el palafrenero que había visto al gato caer en medio de una montaña de paja y lo traía colgando con las cuatro patas todavía paralizadas hacia adelante como tratando de aferrarse a lo primero sólido que se le cruzara y con los ojos chiquitos como dos ojales.

“¡Mi gato!”, se precipitó la princesa para tomarlo entre sus brazos. Un aullido ensordecedor acompañó al felino en su alocada carrera hasta la armadura que custodiaba el pasillo.

Una semana después y luego de infinitos sobornos con pescado fresco, consiguieron sacar de entre los hierros a Sartorio, absolutamente desnutrido. El tiempo consiguió calmarlo. Al fin y al cabo, la princesa no necesitó más pruebas de su encantamiento. Un vuelo había resultado suficiente.

 

Del libro Cuentos con princesas de Nilda Lacabe, con ilustraciones de Andrea Bianco. Uranito Editores.