Cuentos

Cuento para compartir: Teléfino de Mariela Kogan

Abu, teléfino-le dice Ariel a su mamá.

La abuela de Ariel vive lejos, por eso no puede visitar tan seguido a su nieto como quisiera. Pero lo llama mucho por teléfono, y él a ella.

Porque a Ariel le encanta escuchar la voz de su abuela.

-Abu, teléfino –y eso quiere decir que quiere llamar a su abuela.

Pero Ariel no sabe decir “teléfono”, sino que le sale así, teléfino.

Aunque sí sabe decir muchas otras palabras: abu, mamá, papá, fideítos, caca, peli, pelota, plaza y un montón, un montón más.

Pero teléfono, no.

-A ver, decíte -le pide la mamá.

-Te –repite Ariel.

-Ahora decíle.

-Le.

-¿Fo?

-Fo.

-No.

-No.

-Ahora decí te-le.

-Te-le.

-Fo-no.

-Fo-no.

-Muy bien, Ari. Y ahora, te-lé-fo-no.

-Teléfino –grita Ariel, y la mamá se ríe.

Fue un buen intento.

Patricia llama a su mamá.

Charlan un ratito pero Ariel reclama el aparato. ¿Acaso no fue él quien pidió hablar?

Ariel saluda a su abu. Ella le hace muchas preguntas que él responde con poquitas palabras.

Las palabras de la abuela en cambio son muchas y borbotean como espuma de jabón en la bañera. Eso a Ariel le gusta.

Pero por un rato nomás, porque enseguida quiere ir a jugar con el camioncito que quedó tirado bajo la mesa de la cocina. Razón suficiente para terminar la conversación.

Es siempre Ariel el que pone fin a esas charlas telefónicas.

Y el que al otro día, o al rato quizás, vuelve a pedir:

-Abu, teléfino.

¿En qué momento se empieza a decir una palabra como todos esperan que suene?

¿Por qué en ese momento y no antes ni después?

Llegará un día en que así, sin más, sin ensayo ni silabeo, Ariel dirá “teléfono”.

Cuando eso pase es posible que su mamá se emocione. Y hasta lo verá más grande, de golpe.

¡Qué alto está este chico! –comentará alguna vecina.

Será tal vez que uno crece, para que le entren más palabras…