Cuentos

Caperucita Rojo Pasión

Por Lic. Lorena D’Ercole, Mamá de Alma y Vera. Directora de Tálamo Comunicación Creativa

- Abuelita abuelita, ¡que ojos tan grandes tienes!

- Son para mirarte mejor

- Abuelita abuelita, ¡que manos tan grandes tienes!

- Son para acariciarte mejor

- ¡Y esos dientes tan grandes abuelita! ¿Para qué los tienes?

- Son para comeeeeertee mejooor!!

Una historia, todas las historias

“Había una vez una mamá que era muy feliz contándole cuentos a su niña. Juntas disfrutaban el momento cola al piso, de asomarse a  nuevos libros y descubrir nuevas  historias.  Un día, una tía trajo Caperucita Roja… y colorín colorado el cuento de la mamá que lee distintos cuentos a su niña ha terminado.” 

Tal el poder demoledor de esta topadora literaria, tal su fuerza arrasadora. “Dale Alma te leo otro” se  me oye desde entonces suplicar por los rincones. Y no. Rotundo No.  No de colmillos afilados. Alma quiere escuchar sólo un cuento: el de Caperucita Roja y el Lobo.

Misterio. Algo sucede aquí. Tal como se preguntaría Maravilla: ¿que tendrá esta historia? tiene magia, tiene hechizo ¿pero dónde es que lo tiene? Porque que Caperucita es un clásico lo sabemos todos. Ahora, ¿qué es lo que permite que este sea  uno de los clásicos más clásicos  de todos los tiempos?

Para respondernos estas y otras preguntas, tendremos que adentrarnos – cual Caperucita en el bosque- en un complejo entramado de visiones antropológicas, psicoanalíticas, históricas y semióticas. 

Bueno, quizás no sea necesario tanto. Quizás baste con saber que esta historia viene rodando mundo desde hace más de cinco siglos y que la tríada abuelita-caperucita –lobo,  es una maquinaria literaria todo terreno. Y es que este cuento hoy tan inequívocamente catalogado como “cuento infantil” ha visto nacer y modificarse la noción misma de infancia. 

Entonces ¿por qué Caperucita es un clásico? Carolina Lesa Brown*, especialista en literatura infantil, nos lo resume así: “Una posible respuesta se encuentra en el vínculo que mantenemos con los cuentos tradicionales. En su capacidad para albergar y reflejar tanto lo elementalmente humano como el imaginario social. En él tienen lugar los tabúes, los miedos, los deseos y, por supuesto, las luchas por el poder. Hablar de cuentos populares es, por lo tanto, hablar de todos y de ninguno, de nuestra historia y de las lecturas sobre el mundo que ha hecho el ser humano a lo largo del tiempo. En este contexto, ¿qué ha sucedido específicamente que Caperucita perviva? En el plano literario podría responderte que  hay varios elementos que hacen que se cuente una y otra vez, entre ellos, una trama que –escrita o narrada en voz alta- está llena de acción, tensión y suspense. El diálogo  final entre el lobo y Caperucita es magnífico y, por lo que tengo entendido, uno de los más representados de la literatura universal”  

Había una vez…un relato que se volvió cuento

Tal como sucedió en la historia del mundo, en casa apareció primero  la versión oral de la historia. Y como no podía ser de otra manera, fue una abuela quien la trajo. La mía. De Alma, su bisabuela. Abuela de las de antes; anteojos gruesos y manos grandes…para acariciarte mejor. 

“La historia de la abuela”, ese era justamente el nombre del relato que circulaba por la región del Loira, de taberna en taberna. Era entonces – y lo fue hasta su primera versión escrita en el siglo XVI a manos de Charles Perrault- una historia de terror y erotismo.

El relato, en su rodar por tiempo y mundo, fue “alivianándose”. En  sus primeras  versiones orales, un lugar central lo ocupaba el striptease que la niña hacia al lobo y el lobo era un lobo gourmet. Nada de engullirse a la abuela de un solo bocado; se hacía con ella un suculento guisito que  maridaba con sangre en copa e invitaba a  la nieta a comer y beber de este festín. Perrault  - quien envolvió por primera vez a la niña en su típica caperuza roja- suprimió  el canibalismo considerándolo un exceso.

 En las versiones orales, una astuta Caperucita se escabullía aduciendo tener que ir al baño. Perrault tampoco consideró apropiado este final para  el público cortesano  de los salones franceses de los siglos XVI y XVII. Antes muerta que sencilla; mejor ser devorada que argüir  motivos escatológicos. 

En 1812 -115 años después de “Los cuentos de la mamá Oca” de Perrault- los hermanos Grimm publicaron “Cuentos de la infancia y el hogar” incorporando al “leñador” como figura clave en la historia. Este personaje tiene a su cargo abrir la panza del lobo, sacar de allí enteras, vivitas y coleando a abuelita y nietecilla; y  garantizarnos de este fantástico modo el  clásico final feliz que conocemos -¡y esperamos!- todos.   (Para nota aparte: la imposibilidad de las mujeres de defenderse solas, la necesidad social de ser socorridas por un hombre) 

A partir de esta versión, han proliferado las versiones donde el humor y la parodia se hacen presentes. Y todo es posible, porque el relato resiste.  Tal como señala Elisa Boland** “la sola mención de cinco palabras —niña, abuela, bosque, flores y lobo —, bastan para instalarnos en el relato”

Y si de finales hablamos… ¿Lobo carnívoro  o vegetariano?

Ante la proliferación de tantas versiones veganas, la duda surge y cual lobo feroz  me ataca: ¿El animalejo en cuestión se tiene o no que comer a la abuelita?

Por suerte Caro, no duda. “¡Por supuesto!” Me responden enfáticas sus palabras desde España, “ Si el lobo no se come a la abuelita” me explica,  “la tensión del cuento cae en picada. Sin tensión no hay narrativa posible, al menos de cierta calidad. Se trata, ni más ni menos, de uno de los núcleos centrales del cuento. La pregunta es, ¿por qué el lobo NO debería comerse a la abuela, si está en su naturaleza? ¿De qué queremos proteger a los niños y niñas? Y luego, ¿esta protección es real? ¿Guarda alguna relación con la vida?”

¡Eso! Me contesto en silencio, ¿cómo no se la va a comer? Y me cuestiono: ¿Acaso mi “yo madre” se ha comido a mi “yo lectora”? ¿Acaso podemos las madres  ser más tremendas que los lobos? ¿Más hambrientas y voraces? Preguntas. Acaso ahí radique su misterio. En la capacidad que tienen los clásicos para seguir  interpelándonos generación tras generación y siglo tras siglo. 

 A fin de cuentas y tal como sintetiza Caro: “no nos debería importar tanto qué quieren decir los cuentos, sino qué significado construyen los lectores a partir de ellos”

*Carolina Lesa  Brown, Especialista en literatura infantil- Blog: http://cuandotepresentoelmundo.com / http://www.imaginaria.com.ar/17/7/caperucita-roja.htm

"Un día, por la calle Carabobo

se pasea una nena con un globo.

De pronto da un traspié

y todo el mundo ve

que no es Caperucita, sino el Lobo."

de Zoo Loco (Alfaguara, 2000) de María Elena Walsh,